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Relatos biográficos

Maestro de buen humor

Don Jose Luís Soria, Canadá

Etiquetas: Buen humor, Filiación divina, Personalidad, Carácter
Don Jose Luís Soria, Canadá 2009
Don Jose Luís Soria, Canadá 2009
Entrevista a don José Luis Soria

Don José Luis Soria, conoció a San Josemaría en el año 1953. Médico, se ordenó sacerdote en 1956 y desde ese momento, hasta el último día que San Josemaría pasó en la tierra, vivió a su lado, en Roma. Actualmente desempeña su labor sacerdotal en Canadá.


Usted considera que uno de los rasgos más característicos de la personalidad de San Josemaría es su buen humor, hasta el punto de escribir un libro con ese título: Maestro de buen humor, ¿en qué se manifestaba esta característica?

Efectivamente, en el libro explico lo que -a mi juicio- fue una característica de la personalidad de san Josemaría. De una parte, su actitud optimista y sonriente ante la vida, que daba un tono tan atractivo y positivo a su trato. Es lo que propiamente se puede llamar su buen humor, su alegría. Era una consecuencia de su temperamento, reforzada por el modo sincero y radical con el que se sabía hijo de Dios.

Por otro lado, la prontitud con que solía responder a un interlocutor, con un comentario bromista o gracioso, indica también un especial y desarrollado sentido del humor, que es más que la simple alegría. Se parece a lo que los ingleses llaman wit, o sea la capacidad de percibir con rapidez lo incongruente, lo ambiguo o lo indelicado, y de reaccionar ante esa realidad en un modo -frase o gesto- inesperado y divertido. San Josemaría era también un maestro en este sentido. Cuando se le veía en un ambiente familiar y relajado era fácil sonreír o aun reír francamente ante sus salidas llenas de inteligente y cariñoso humor.
Roma, 23-4-1973
Roma, 23-4-1973

Sin embargo, San Josemaría tenía una fuerte personalidad y un carácter recio, decía las cosas con mucha claridad. ¿No podía esto crear, en ocasiones, situaciones más tensas? ¿Cómo era su modo de corregir?

Es cierto, su carácter era recio, y su temperamento muy aragonés. Solía decir que ésa era una de las razones por las que Dios le había elegido como Fundador del Opus Dei, a la vista de los obstáculos de todo género que iba a encontrar en la tarea de sacar la Obra adelante. Eso hacía que a veces pudieran producirse situaciones más tensas, especialmente si la persona no conocía suficientemente a San Josemaría o tenía un temperamento timorato. Toda corrección duele, porque nuestro amor propio se siente siempre herido. Pero en veintidós años, recuerdo sólo una ocasión en la que san Josemaría me corrigiera sin motivo. En cuanto se dio cuenta, me pidió perdón y me manifestó con obras su cariño de siempre.

Yo diría que cualquier corrección que hiciera, iba acompañada enseguida de un detalle especial de afecto, aunque fuera insignificante para un observador externo. Recuerdo, por ejemplo, lo que solía hacer si alguno de los que trabajábamos con él había sufrido una reprensión durante la mañana de trabajo. A veces, cuando San Josemaría llegaba a la tertulia que teníamos con él después del almuerzo, lo hacía sonriendo y mostrando un caramelo -sólo uno- entre el pulgar y el índice de la mano derecha. En cuanto le veíamos llegar así, ya sabíamos que el destinatario del caramelo iba a ser alguno que pasó esa mañana por una reprimenda. La entrega siempre iba acompañada de uno de los cariñosos epítetos que San Josemaría usaba en familia: toma, melón; o toma, ladrón.

¿Era amable la vida cerca de él? A veces se puede pensar que no es fácil vivir cerca de un santo. ¿Qué dice usted al respecto?

San Josemaría mismo solía repetir la misma idea con distintas palabras, cuando nos decía, incluyéndose a sí mismo, que debíamos evitar aquello de que "para aguantar a un santo hacen falta dos santos". Yo siempre he interpretado esa idea como expresión de lo difícil que ha de ser vivir con alguien que se cree santo, porque entonces, lo que en realidad son manías u opiniones personales pueden casi convertirse en dogmas de fe. Pero eso no sucedía con San Josemaría, por dos razones principales. Primero, porque su santidad -y por tanto su humildad y su caridad- era genuina. El Magisterio de la Iglesia es ahora el testigo supremo y definitivo de ese hecho, aunque San Josemaría se definiera como un pecador que ama a Jesucristo. Y segundo, porque practicaba un gran amor a la libertad personal, sin imponer dogmas, rectificando cuando se daba cuenta de haberse equivocado y defendiendo ardientemente la libertad de cada uno en la Obra.

San Josemaría y Don Álvaro del Portillo, <br>Guatemala, 19-2-1975
San Josemaría y Don Álvaro del Portillo,
Guatemala, 19-2-1975
De hecho, el buen humor no es solamente compatible con la caridad, sino que puede ser una de sus formas más delicadas. Entre los carismas que Dios concedió al Fundador del Opus Dei, hay uno que -para los que no le conocieron- podría pasar casi inadvertido: el de acercar la gente a Dios por el plano inclinado del buen humor. En Camino escribió que: la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre, y así trató de vivir siempre. Por eso, era un gozo estar junto a él, aunque no faltaran momentos en los que el cansancio o la enfermedad se hicieran notar en la vida en familia. Quizá pudieran resultar duros, pero todos sabíamos que eran como escollos aislados en un inmenso océano de cariño, paz y alegría.

¿Cómo reaccionaba ante los sucesos objetivamente malos: calumnias, la falta de fidelidad a Jesucristo, o la grave enfermedad o muerte de alguna persona querida?

Le he visto siempre reaccionar con un gran sentido sobrenatural, como un hombre de gran corazón y de una fe auténtica. Según la naturaleza de la contradicción, podía reaccionar con tristeza si el suceso implicaba una falta de fidelidad a Jesucristo, ya fuera una calumnia o una falta de generosidad con Dios. Pero se aplicaba la fórmula que nos aconsejaba siempre: rezar, callar, sonreír, perdonar. Recuerdo su dolor, y su paz, al mismo tiempo, cuando recibió la información médica sobre la enfermedad que sufrió (y de la que falleció) don José María Hernández Garnica, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Me pidió que le explicara con detalle el informe, que estaba redactado con lenguaje técnico. Estábamos los dos solos en una habitación, y cuando empecé a aclarar el significado del diagnóstico y del grave pronóstico médico, San Josemaría comenzó a llorar desconsoladamente. Cuando terminé de leer, me dijo: perdona, hijo, por el mal ejemplo que te he dado, pero así has visto también que el Padre tiene corazón. Y a continuación recitó muy despacio, como paladeándola, la oración que había incluido en el punto 691 de Camino: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. -Amén. -Amén.

¿Y ante las pequeñas cosas de la vida ordinaria que pueden ser costosas y molestas?

En ese aspecto, mi experiencia es que ordinariamente no se notaba que esas pequeñas cosas le afectaran, si se trataba de pequeñas averías mecánicas, apagones de luz, molestias médicas personales, etc. Pienso que esa -digamos- aparente falta de reacción, era en realidad el resultado de un proceso sobrenatural, en el que entraban la aceptación de la voluntad de Dios, la fortaleza ante la incomodidad y el desprendimiento de elementos de confort personal, entre otras cosas. Era consciente de encontrarse ante una mortificación pasiva, y la recibía de buen grado, con el deseo de santificar lo pequeño y ordinario, que es tan específico de la espiritualidad del Opus Dei.

Las cosas eran algo distintas cuando en la contradicción había un elemento humano que implicaba falta de responsabilidad, negligencia, pereza, etc. La mayoría de las veces reaccionaba, y en ocasiones con energía, para corregir y así ayudar a la persona en cuestión, pero lo hacía no porque lo sucedido le molestara a él, sino porque eso implicaba probablemente una ofensa al Señor o por lo menos una falta de amor a Dios.

¿Qué querría transmitir de su experiencia personal en el Opus Dei, a quienes han llegado después?

Querría decirles que entiendan bien la insistencia con que San Josemaría exhortaba a cumplir las normas(1) de piedad , que forman el plan de vida espiritual de los fieles de la Prelatura: cumplidme las Normas, decía sin cesar. Pero es necesario, como también enseñó don Álvaro del Portillo, su sucesor inmediato al frente del Opus Dei, que no se trate de un mero cumplimiento. Con un juego de palabras, don Álvaro explicaba que "cumplimiento" no ha de ser "cumplo-y-miento": las hago como tareas pendientes, hacerlas todas con exactitud en la cantidad, pero quizá sin cuidar tanto de su calidad. San Josemaría decía que cada Norma ha de ser un verdadero encuentro con Jesucristo; es decir, no un simple acto piadoso que se cumple por obligación, como quien se libera de una tarea para poder dedicarse a otras cosas. Esa es mi experiencia: que descubran el valor santificador de cada una de las Normas, haciéndolas con fidelidad y gran amor de Dios y con la mayor atención posible. Diría que las hagan de tal manera que su nivel de presencia de Dios aumente después de haber cumplido una Norma. Así, y sólo así, llegarán a ser almas contemplativas en medio del mundo, como fue San Josemaría.


(1) Estas normas de piedad cristiana, que practican los fieles del Opus Dei, tienen la finalidad de conocer, tratar y amar más a Jesucristo. Por ejemplo, participar en la Santa Misa, comulgar, recibir con frecuencia el sacramento de la Penitencia, leer la Sagrada Escritura y otros textos espirituales, recitar el Rosario, dedicar un tiempo a la oración, etc.

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