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Relatos biográficos

San Josemaría en el Sanatorio del Dr. Suils (octubre 1936 - marzo 1937)

Etiquetas: Guerra civil, Sacerdocio, Alma sacerdotal, historia de España
Durante la Guerra Civil, en la zona republicana, donde se encontraba san Josemaría, fueron ejecutados a miles de sacerdotes sin otra causa que su condición sacerdotal. Esta “caza del cura” obligó a los sacerdotes a tener que ocultar su condición clerical mediante identidades falsas. Los que no fueron encarcelados o asesinados intentaron sobrevivir refugiándose en escondites de muy diverso tipo.

Sanatorio Psiquiátrico del Doctor Suils. Madrid
Sanatorio Psiquiátrico del Doctor Suils. Madrid
Josemaría Escrivá tuvo que abandonar el domicilio familiar y comenzó un largo recorrido por diversos lugares de Madrid. Al fin, el 7 de octubre logró refugiarse en la Clínica del Doctor Suils, en la calle Arturo Soria. Estuvo en la Clínica del doctor Suils unos cinco meses y medio, desde el 7 de octubre de 1936 hasta el 14 de marzo de 1937, fecha en la que pudo trasladarse a un nuevo refugio: el Consulado o Legación de Honduras.

La clínica era un chalet en la periferia de Madrid, zona a medio urbanizar, con extensos solares y terrenos baldíos. El edificio, de construcción reciente y con jardín, constaba de tres pisos: un semisótano donde estaban los enfermos mentales graves y otras dos plantas para los enfermos en observación.

Entrevistó al “enfermo” el ayudante del doctor Suils, el doctor Turrientes, que, sin andarse con rodeos, dijo a don Josemaría: «Bueno, mire, yo sé que Vd. es sacerdote, pero aquí debe ir con cuidado en hablar de estas cosas». El recién ingresado guardó un prudente silencio, sin prometer cosa alguna. Dejó de repetir que era el doctor Marañón y simuló, por su cuenta y riesgo, una afonía histérica. Esta cauta prevención le permitía estudiar, sin compromiso por su parte, el ambiente del nuevo refugio.
Don Josemaría, que ocupaba una habitación en la planta encima del semisótano, debió sentir terriblemente el aislamiento de los primeros días.

La “Casa de Reposo y Salud”
Cuando María Luisa Polanco, enfermera del sanatorio del doctor Suils, recompone sus memorias, se sorprende de conservar una imagen muy nítida del sacerdote; es uno de los residentes que mejor recuerda. Pero, a casi medio siglo de distancia, la estampa que la enfermera retiene de la clínica psiquiátrica está suavemente coloreada por la nostalgia del pasado: «un pequeño chalet muy bonito, rodeado de jardín». Por el jardín, en los fríos y soleados días de fin de otoño veía pasear a don Josemaría, envuelto en una manta y conversando con algún otro refugiado.

El sanatorio no tenía, ciertamente, el aspecto hosco y sombrío de los manicomios generales de la época, en que los enfermos soportaban sus miserias entre rejas. Tampoco era un lugar de holganza y despreocupación, como el rótulo: “Casa de Reposo y Salud”, pudiera hacer suponer, con su título higiénico y bondadoso. Jurídicamente, el sanatorio funcionaba como sociedad colectivista en comandita, aprobada por el Sindicato Médico de Madrid y su Provincia. Aunque dirigido por “el compañero Ángel Suils”, el sanatorio —certifican las autoridades de aquellos días—, «está controlado por el personal del mismo, afecto todo él a la Unión General de Trabajadores» (el Sindicato socialista).

La “Casa de Reposo y Salud”, de ser una “explotación capitalista” había pasado a constituir una sociedad de trabajadores, cuyo preámbulo de estatutos constitutivos rezaba así: «Los abajo firmantes, antiguos trabajadores de la “CASA DE REPOSO Y SALUD” de la calle Arturo Soria, 492 (Ciudad Lineal), deciden formar una Sociedad de acuerdo con los estatutos de la Unión General de Trabajadores para explotar su trabajo de curación de enfermos mentales, nerviosos y toxicómanos, que hasta ahora, han venido haciendo en el citado lugar, en forma de industria que ha quedado abandonada por su propietario José Irús Lahoz, actualmente en el extranjero. Además de los estatutos de la U.G.T., han de regir los destinos de la Sociedad, los siguientes artículos: [...]».

La plantilla de personal fijo la componían dos médicos, tres enfermeras, un administrador, un par de loqueros (encargados de custodiar a los dementes), una cocinera y una lavandera. En cuanto a la significación política, las enfermeras eran de variada coloración. Dos de ellas comunistas y capaces de delatar a un sacerdote. La tercera, María Luisa Polanco, persona de confianza del doctor Suils, era, por el contrario, falangista. Su hermano, también falangista, había sido asesinado en Bilbao y ella se encontraba en el sanatorio, por ser conocida de Suils, como refugiada. Uno de los loqueros, al menos, era furibundo comunista. Y, por lo que respecta al administrador de la clínica, tan sólo sabemos que aquella sociedad colectivista no estaba exenta de los terribles registros revolucionarios. En una de las pasadas de los milicianos en busca de “facciosos” en la “Casa de Reposo y Salud”, se llevaron por delante a Florentino, el administrador. «No te molestes en cambiarte de ropa, camarada, sólo te tendremos diez minutos para que hagas declaración en Bellas Artes y vuelves en el mismo coche», le advirtieron. Lo menos que puede decirse es que no cumplieron su promesa. Ni a pie ni en coche. Jamás se volvió a saber de Florentino.

Pacientes graves y .... “en observación”
El personal sanitario tenía a su cargo una veintena de pacientes. Los más graves vivían en el semisótano. La condición de los enfermos mentales allí recluidos movía a compasión, era sumamente triste, cuando no trágica. Había una anciana —doña Carmen—, cuyo hijo, luego de cometer un crimen pasional, se suicidó. Esta señora pasaba brusca y repentinamente de la más profunda apatía a la más rabiosa exasperación. Otro de aquellos locos sufría continuamente de delirio persecutorio y deambulaba por los corredores y por el jardín, frenético, escupiendo y amenazando a sus invisibles agresores. Pero el caso más celebre y pintoresco era un esquizofrénico grave: don Ítalo («don Ítalo, ilustre farmacéutico», se le llamaba. A lo que él invariablemente respondía con genuina modestia: «¡culto farmacéutico, que no es lo mismo!»). Un día —cuenta don Josemaría— se acercó a mí, y me espetó a boca de jarro: “Señor: satúrese de ambiente, vaya erguido, deseche esas ideas..., aflójese las gafas... y se pondrá bueno”.

En el primero y segundo piso estaban los enfermos “en observación”. En su mayoría eran refugiados sanos y cuerdos, que fingían enfermedades nerviosas o desequilibrios psíquicos. Aparte de esos “pacientes en observación”, se daban casos especiales, como el de un niño de 6 años, sobrino de uno de los médicos ayudantes. Sus padres habían sido asesinados en Extremadura, y la mujer que le cuidaba consiguió huir con él a Madrid. Tras la pista del huérfano fueron los asesinos, con el siniestro propósito de eliminar al único heredero que quedaba de esa familia de terratenientes, de cuyas fincas se habían apropiado. En fin, no faltaba quien habiendo ingresado como falso enfermo, sometido a una constante tensión de angustia, acabó loco perdido.

Vista actual del edificio donde estuvo el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils. Madrid
Vista actual del edificio donde estuvo el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils. Madrid
Las detenciones masivas de personas no afectas a los partidos revolucionarios se produjeron con ocasión del avance de las tropas nacionales sobre Madrid. A finales de octubre estaban ya a las mismas puertas de la capital, donde fueron detenidas a principios de noviembre por el ejército republicano, con el refuerzo de las recién llegadas Brigadas Internacionales. Desde el jardín del sanatorio se veían los fogonazos de la artillería por la parte de Puerta de Hierro, Ciudad Universitaria y Casa de Campo, con gran regocijo de los enfermos de la clínica de Suils. Don Ítalo, que confundía los cañonazos con las luminarias de una verbena, exclamaba: «Ya están en Madrid los locos. Están metidos en la verbena, en el centro de Madrid. Qué bien estamos aquí, y qué tranquilos». Aquello no fue el preludio de una fiesta sino el anuncio de una horrorosa carnicería. Ante el temor de dejar enemigos a la espalda, las milicias llevaron a cabo en Madrid una sangrienta e infrahumana represión contra la denominada “quinta columna”, a retaguardia. Las prisiones populares estaban abarrotadas, y durante todo el mes de noviembre se fueron vaciando sistemáticamente. Obedeciendo a consignas revolucionarias, se cargaban de presos los camiones que, de noche, partían hacia el tristemente célebre Paracuellos del Jarama u otros lugares en las cercanías de Madrid, donde se hacían fusilamientos en masa.

Santiago Escrivá fue a hacer compañía a su hermano en el sanatorio, donde se le admitió como acompañante de un “enfermo en observación”. El doctor Turrientes le recogió en casa y se lo llevó en tranvía a la clínica.
A pesar de la advertencia que le hizo el doctor Turrientes al llegar al sanatorio, don Josemaría, con su celo sacerdotal, había ido atrayéndose, uno a uno, a los refugiados, después de unos días de tanteo. Resignadamente confiesa el ayudante del doctor Suils el fracaso de sus consejos; «tengo la sensación —dice—, de que hablaba con todo el mundo». No obstante compartir todos los refugiados un mismo peligro, no existía vinculación alguna entre ellos sino la desconfianza creada por el miedo a una delación. Cada uno tenía su historia personal; y cuando abrían el corazón era porque el sacerdote les había revelado antes su condición ministerial. «El ambiente entre los residentes del Sanatorio era de recelo», según refieren los marqueses de Torres de Orán, que muy pronto intimaron con don Josemaría.

Dejando a un lado a los dementes, el resto de las personas del sanatorio tenía vida y experiencias muy particulares. Aun el personal clínico, asociado «para explotar su trabajo en la curación de enfermedades mentales», buscaba —como dice la última línea de los estatutos constitutivos— «la colaboración amistosa, en un mismo ideal, hacia el logro de un bienestar material conseguido por el trabajo». Las circunstancias históricas habían embarcado en un mismo navío a gente muy dispar. Suils y Turrientes protegían a los refugiados, como reacción contra la criminalidad imperante en tiempo de guerra. Para otros socios, la fortuna de pasar a ser propietarios de una industria, aunque traficasen con una de las más tristes condiciones del ser humano, les inclinaba a hacer la vista gorda en cuanto a la procedencia del cliente. De esto ya se había percatado Juan Jiménez Vargas cuando el 10 de octubre escribía en su diario: «Estábamos un poco intranquilos con el Sanatorio. Nos parece que tienen demasiada poca vergüenza a la hora de cobrar y esto no da mucha confianza en lo seguro que esté allí. Yo ya sabía esto y me parece una razón para intentarlo, porque se prestarían con tal de cobrar».

Hay que decir, es de justicia, que la comida, todo considerado, no era mala ni escasa. El sitio donde pudo “comer mejor” hasta el fin de la guerra, asegura Santiago; aunque su estómago no era imparcial, porque traía hambres atrasadas de casa. La comida consistía en un plato único, que variaba a diario: judías, garbanzos, lentejas, arroz; y de postre, naranjas. Este suministro había que agradecerlo a la afiliación sindical de la empresa. A don Ítalo, por el contrario, no le impresionaban los esfuerzos de la cocinera. En los días tranquilos y radiantes podía vérsele paseando por el jardín, abrazado a una maceta sin tierra, que regaba gota a gota, cariñosamente, esperando que brotaran de allí filetes empanados.

Una nueva estapa
Con la llegada de José María González Barredo y, poco más tarde, de su hermano Santiago, comenzó en el sanatorio una nueva etapa para don Josemaría. Ocupaban los tres la habitación contigua a la de los marqueses de Torres de Orán. Luego de tomar las debidas precauciones, para evitar sacrilegios, don Josemaría celebraba misa casi a diario. Isidoro le proveía de vino y de formas. Tenía el cuarto un armario grande, sobre una de cuyas baldas decía misa, manteniendo abiertas las puertas. De forma que, si alguien entraba repentinamente, todo quedaba oculto a un primer vistazo. Y, para mayor seguridad, pedía la colaboración de María Luisa: — ¿Quiere usted vigilar en el diván mientras celebro la Santa Misa? —le decía a la enfermera—, y si se acerca alguien llame a la puerta o hable en voz alta. Ese pequeño diván estaba estratégicamente colocado en el pasillo entre el cuarto del Padre y el de otra enfermera, comunista. Después de celebrada la misa, repartía la Comunión entre algunos de los refugiados y, por si alguien deseaba confesarse, discretamente hacía ver a otros su condición de sacerdote.

Cuando doña Carmen, la anciana demente a causa del suicidio del hijo, reposaba en sosegada apatía era persona muy cortés y atenta; pero en los arrebatos frenéticos escupía atroces insultos. No perdonaba a nadie, excepto a don Josemaría, a quien trataba cariñosamente de “ancianito”. «Don Josemaría es tan bueno —decía— que tiene que ser por lo menos general»; y otras veces: «don José no es don José, es San José».
Tales elogios, como es de suponer, no eran la mejor recomendación a oídos de los loqueros o de las enfermeras frentepopulistas. Una de ellas sospechaba seriamente que se trataba de un cura refugiado. El Padre puso rápido remedio a las sospechas. Cierto día, fingiendo un desvarío, y ahuecando la voz, en tono confidencial, le declaró que él era el doctor Marañón, pero que había que guardar a todo trance el secreto.

Con los primeros fríos le vinieron al Padre ligeras molestias de carácter reumático. Alguien le prestó una estufilla, que inmediatamente pasó a sus vecinos los marqueses, diciendo que él no la necesitaba. Al entrar diciembre, los médicos, en lugar de prescribirle una simple medicación con salicilatos, decidieron someterle a una cura que consistía en inyectarle un preparado de veneno de abeja, entonces muy de moda. Tal vez el doctor Suils pensase despachar dos expedientes por vía de ensayo. De una parte, prevenir ulteriores ataques reumáticos y, por otra, provocar al mismo tiempo una fuerte reacción que convenciese al resto del personal de que se trataba de un auténtico enfermo. Los efectos del veneno fueron «fulminantes y terribles», refiere su hermano. Quedó el paciente paralizado y con grandísimos dolores. Difícilmente podía mover la cabeza. Su alimento consistía tan sólo en una bebida de jugo de naranja. Pero a los quince o veinte días de guardar cama se encontraba ya medio repuesto. La verdad es que, aunque débil y muy flaco, salió curado del reuma.

Siguieron apareciendo por aquellos andurriales partidas de milicianos a registrar el sanatorio. Y como el chalet estaba próximo a la carretera de Aragón, por la que pasaban camiones que iban y venían constantemente del frente, si se paraban en las inmediaciones, la tropa bajaba a estirar las piernas, a curiosear o llenar de agua las cantimploras en el sanatorio. Era entonces cuando los dementes cumplían la función de escudos protectores. El director del Sanatorio había dado órdenes para que, en tales situaciones, se sacara a los enfermos del semisótano a pasear libremente por el jardín. Los milicianos, ya sea por considerarlos agresivos, ya porque les inspirasen una lástima repulsiva, se retiraban rápidamente del jardín. De una de esas intervenciones fue protagonista don Ítalo. Al toparse con un grupo de milicianos, uno de los cuales llevaba colgando la caja de la máscara antigás, trató de examinarla:
— «Con todos los respetos y si a bien lo tienen (don Ítalo era muy cortés y delicado en el hablar), ¿podrían explicarme cómo funciona este instrumento de música de viento?», les preguntó.

Al fin Isidoro trajo al Padre un documento de identidad que esperaba desde hacía tiempo; una simple hoja en papel impreso, con sello del “Comité-Delegación del Partido Nacionalista Vasco-Madrid”, y con el siguiente texto:
«Rogamos a las Autoridades y Milicias de todos los Partidos del Frente Popular respeten para su libre circulación a José Mª Escriba Albas, por ser persona afecta al Régimen. —Madrid 23 de Diciembre de 1936. —Por el Comité [aquí la firma]».


Contrattiempos
San Josemaría en marzo de 1937, época en que abandonó el sanatorio del doctor Suils
San Josemaría en marzo de 1937, época en que abandonó el sanatorio del doctor Suils
La convivencia en el sanatorio había alcanzado un clima de bonanza y equilibrio, que muy pronto se vio perturbado. Corría el mes de enero de 1937 cuando Isidoro, que estaba tramitando la orden de libertad de Juan Jiménez Vargas, consiguió que éste saliese por fin de la cárcel de Porlier. Luego de pasar escondido quince días en casa de sus padres, sin documentación y expuesto a ser detenido de nuevo, fue admitido, gracias a unas gestiones del Padre, en el sanatorio de Suils.
Allí coincidió con la llegada de otros dos refugiados: un comandante de Aviación y un falangista de Logroño, llamado Alejandro, de la familia de los Láscaris Comneno. La aparición de estos tres nuevos personajes produjo una psicosis de temor y desconfianza. Entre los “pacientes en observación” se hizo un silencio repentino, como en una charca de ranas al menor ruido sospechoso. Quienes corrientemente venían a confesarse o pedir consejo al sacerdote no salían de sus cuartos. Nadie paseaba ya por el jardín. El Dr. Suils, anticipando un registro, invitó con firmeza a Láscaris a abandonar el chalet; y comunicó a José María González Barredo y a Juan que también ellos tenían que marcharse. Por la paz de todos y, en particular, por la seguridad del Padre, se fueron a sus respectivas casas en Madrid. Luego se consumieron las formas consagradas que guardaba don Josemaría en su cuarto para administrar la Comunión cuando no podía decir misa.

Pasaron varios días y, al comprobarse la falsedad de la alarma del registro, resurgió el optimismo entre los “pacientes en observación” y el deambular por el sanatorio en un clima de confianza. Los sucesos, sin embargo, habían hecho sufrir mucho al Padre. Recobrada la calma se fue a ver al director, para informarle de lo que había venido repitiéndose sin cesar en los últimos días: Yo no puedo estar donde han echado a mis hijos. Reprendió con buenas palabras su comportamiento, en esa ocasión, y le comunicó que estaba decidido a buscar refugio en otra parte.

* * *
No podía permanecer inactivo por más tiempo el Fundador en la “Casa de Reposo y Salud”. La expulsión de dos de los suyos le resultaba un intolerable martirio, y pedía a Dios poder abandonar cuanto antes la clínica. José María González Barredo, por intermedio de un amigo, que a su vez lo era del yerno del cónsul de Honduras, se acogió a la sede del Consulado de ese país. Y, una vez dentro, consiguió que entrasen el Padre y Santiago, su hermano.

El 14 de marzo dejó el sanatorio, provisto de un testimonio médico que decía: «Madrid 14 de marzo de 1937. Con fecha de hoy sale de este Sanatorio Don José María Escriba Albas. En la actualidad no está curado del todo por lo que se le impide toda clase de trabajo, preocupaciones, viajes y demás clases de actividades. En el Sanatorio ha estado acompañado de su hermano Santiago de 15 años de edad quien convendrá siguiera acompañándole. El Director Dr. A. Suils coleg 4245».


Del Libro El Fundador del Opus Dei, tomo II, Madrid, 1999, cap. IX, 3